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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.
 La magia del beso Yo no sé si es por amor que estoy agradecido de que un beso signifique tanto en nuestras vidas. Tal vez no es por amor que cada detalle de ternura tuya me embelesa. Tu hermosura no ha dicho en plentud las cosas que hay en el fondo de tu alma. O cualquiera sea el espacio de piel. que mejor conozca lo inefable y se comunique con este asombro, delicioso y mudo, y curiosidad por tí (a quien doy más caricias que palabras). Agradezco, empero... hoy no a los besos... Doy gracias ¡porque vives palpablemente, caramba! Evocas algo más noble que el pan y más profundo que cualquier tristeza. Y, siendo así, se te toca, se te estrecha, se te siente en la carne, se te besa... y se es feliz, más de lo que se quiere. Yo no sé si es por amor que descubro la deuda que clama interiormente, sin saldo de cuentas todavía. Tu ser es necesario, inevitable, universal, biológico y estás unida a mi deseo no sé con qué tamaño de bondad, no sé si por amor. Has nacido tantas veces, aunque yo no te haya conocido ni sepa que eres réplica de mujer en singular, con apellidos, con habitaciones de mundo y roles públicos; además Mujer Eterna... Como la una, invocas a mi piel sin hacer preguntas. Yo no sé si es amor lo que nos lleva, entonces, a asomarse al corazón ajeno y llegar e irse, dejando dulces biografías, pero te agradezco que fluyas y que magnifiques tus besos inolvidables y que no te expliques, ni con la gente ni conmigo. Odio el amor de rutinas, o predecibles vuelcos, pero amo tanto al beso que dice: Gracias. Por la chispa que das, por breve sea, ya sea, o no sea, por amor, te he amado. Un beso tiene magia cuando entrega vida, alegría, pasión, celillos, travesura, erotismo, capricho, inquietud, trémulos pálpitos. Yo no sé si es amor, pero no son templanzas del cerebro, oscuro, estéril, impasible, no son saltos ni argucias de vacío organizado. Gracias por la grandiosidad que se crece a pesar de mí y a pesar tuyo, al besar por gusto de hallar raíz y cosmos. Gracias por la transparencia eléctrica de Eros, por contener señales de lo vivo, por el contacto de labios, primitivo, del beso. (Publicado en "El Perro Andaluz", España, y en "Starlite Cafe", 12 de septiembre de 1998)Autor: Lopez dzur
Lo que hace un tiempo se poseía hoy ya no se posee y lo que hoy se cree que se posee dentro de unos años dejará de poseerse, se escurre entre los dedos, todo va, y viene, de ahi que exista esa lógica de que quien da dos le vienen tres.
Un ciego de nacimiento tropezó, por casualidad, con cierto objeto que llegó a ser su única posesión sobre la tierra. No pudo nunca saber qué cosa fuese, pero le bastaba que sus dedos lo tocasen en un punto y, a partir de este principio, recorriesen el maravilloso nacer de las formas unas de otras en sucesivos regalos de increíble gracia. Pero en realidad no le bastaba, porque la parte que sabía no era más que la sed de lo perdido, y comprendiendo que jamás llegaría a poseerlo enteramente, lo regaló a un sordo, amigo suyo de la infancia, que lo visitó por casualidad una tarde. -¡Qué hermosas muchachas!-, vociferó el sordo. -¿Qué muchachas?-, gritó el ciego. -¡Ésas!-, aulló el sordo, señalando el objeto. Al fin comprendió que no se entenderían nunca de aquel modo y le puso al ciego el objeto entre las manos. El ciego repasó el peso familiar de las formas. -¡Ah, sí, las muchachas!-, murmuró. Y se las regaló al sordo.
El sordo se las llevó a la casa. Eran tres muchachas, cogidas de las manos. Gráciles e infinitas respondíanse las líneas de los cabellos, los brazos y los mantos. Eran de marfil casi transparente. Vetas de lumbre atravesábanla por dentro. El sordo, cuyos ojos eran de águila, sorprendió en el pedestal un resorte. Al apretarlo comenzaron a danzar las doncellas. Pero luego el sordo comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente, y regaló las tres danzantes a un amigo que vino a visitarlo.
-¡Qué hermosa música!-, dijo el hombre, señalando a las doncellas. -¿Cómo?-, dijo el sordo. -¡La música de la danza!-, explicó el hombre. -Sí -dijo el sordo-, música entendí, pero no sabía que hubiese.- Y regaló al hombre las tres danzantes.
El hombre se las llevó a la casa. Era la música como el soplar del viento en las cañas: agonizaba y nacía de sí misma, y su figura eran las tres danzantes. Maravillado, el hombre contemplaba la perfecta unidad de la figura, la música y la danza. Pero luego comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente y las regaló a un sabio que vino a visitarlo.
-¡Las Tres Gracias!-, exclamó el sabio. -¿Sabe usted lo que tiene? ¡Son las Tres Gracias que hizo Balduino para la hija del Duque de Borgoña!- El hombre comprendió que aquéllos eran los nombres del misterioso apartamento que había en los rostros de las danzantes. -Usted piensa en ellas-, confirmó, señalándolas. Y el sabio se llevó las Tres Gracias a su casa.
Allí, encerrado en su gabinete, las hacía danzar y les pensaba en alta voz los nombres verdaderos, las secretas relaciones de sus cuerpos en la danza y de la danza y los sonidos, el mágico nacimiento de sus cuerpos, hijos de la divinidad y el amor del artesano. Pero a poco murió el sabio, llevándose la angustiosa sensación de que jamás, por mucho que viviese, las poseería enteramente.
Su ignorante familia vendió las Tres Gracias a un anticuario, no menos ignorante, que las abandonó en el escaparate de los juguetes. Allí las vio un niño, cierta noche. Con la nariz pegada al vidrio se estuvo largo tiempo, amargo porque jamás las tendría. Así había de ser, porque, a poco de marcharse el niño a su casa, un incendio devoró la tienda, y, en la tienda, las Gracias.
Esa noche el niño las soñó al dormirse. Y fueron suyas, enteras, eternas.
Eliseo Diego Era un niño que soñaba un caballo de cartón. Abrió los ojos el niño y el caballo no vio. Con un caballo blanco el niño volvió a soñar; y por la crin lo cogía... ¡Ahora no escaparás! Apenas lo hubo cogido, el niño se despertó. Tenía el puño cerrado. ¡El caballo voló! Se quedó el niño muy serio pensando que no es verdad un caballo soñado. Y ya no volvió a soñar. Pero el niño se hizo mozo y el mozo tuvo un amor, y a su amada le decía: ¿Tú eres de verdad o no? Cuando el mozo se hizo viejo pensaba: En esta vida Todo es soñar, el caballo soñado y el amor de verdad. Y cuando vino la muerte, el viejo a su corazón preguntaba: ¿Tú eres sueño? ¡Quién sabe si despertó! Antonio Machado  Un mar parecido a una luna doble de almacén se ha interpuesto en el camino. Un puño levanta la hermosa joya: un corazón pequeño lleno de tatuajes y con algunas gotas de sangre todavía en algunos sitios. Entre los tatuajes sobresale el de un hermoso rostro de mujer que no se está quieto un instante; sonríe o llora, se lleva un dedo a los labios para imponer silencio o cierra los ojos para dejar pasar hermosos sueños que se transparentan a través de los párpados. Al otro extremo de la luna, una barca atraviesa lentamente el horizonte a la velocidad reducida de la hormiga proyectada a la distancia. En medio de la embarcación, una guillotina se tiene de pie. Nadie más ocupa el bote que dos carneros que a los extremos balan desesperadamente. Parecen la imagen del amor o de la vida que llega a su término. A instantes, detrás de la guillotina, un resplandor súbito ilumina la escena, el mar infinito. Se ven, entonces, unas pequeñas gotas de sangre en la cuchilla de la guillotina y encima de ella un letrero que dice: dos arañas entrelazadas. Cuando la oscuridad es completa, siempre queda la barca visible, iluminada por la luz rosa de un reflector de teatro. Allí de debajo la barca aparece la hermosa mujer que se ha abierto camino jalando de sus cabellos como de un potro indomable y que tiene casi la mitad de su cuerpo cubierto de escamas tornasoladas y la otra mitad de estrellas de mar y sobre cada uno de los senos un inmenso rubí del tamaño de una cabeza de paloma. Los ojos son los que más llaman la atención; son pequeños espejos circulares. Uno sabe que son espejos, sin embargo, al mirarse en ellos, ve un paisaje distinto según la hora o la persona. Si es una niña de diez años quien se acerca, descubrirá una pradera verde en la cual inmensos surtidores rojos brotan por todas partes, y la niña bajará los ojos como si la hubieran violado. En cambio, el anciano tiene otras probabilidades: un río enroscándose alrededor de un pino gigante y estrangulándolo lenta y gozosamente. Acaso dos personas se asoman al mismo tiempo a los ojos: en uno tiene lugar un asesinato, en otro suben al tálamo nupcial un hombre y una mujer. Adolfo Westphalen  Dicen que debido a esta novela algunos jóvenes aparentemente intelectuales del siglo de Goethe se suicidaron por amor y que provocó las mayores oleadas de muertes entre jóvenes amantes incomprendidos. La publicación de la obra supuso un auténtico boom, y el libro se convirtió en poco tiempo en un fenómeno de masas, generando situaciones a las que hoy ya estamos muy acostumbrados. Todos hemos podido ver cómo de ciertos fenómenos de tendencias actuales surge todo tipo de artículos; así por ejemplo, estamos acostumbrados a ver todo tipo de artículos del fenómeno que fue por ejemplo, Operación Triunfo: montón de libros de la vida de los triunfitos, camisetas, muñecos, colonias, y hasta almohadillas para el ratón, etc. Lo que no es tan normal es ver cómo una obra literaria provoca este tipo de cosas; sin embargo, el Werther inspiró parodias en otras novelas, poemas y dramas teatrales, además de generar artículos que hasta entonces no se conocían: en la época llegó a venderse una colonia del libro con su mismo nombre (eau de Werther), muñequitos que caracterizaban a Carlota y Werther, abanicos y guantes con la figura de los personajes, se vendían réplicas de la ropa que llevaba Werther, así como tazas, joyas, etc. Pero las repercusiones de la obra fueron más allá. En el libro se puede ver como Werther, para poner fin a todos sus sufrimientos, decide suicidarse pegándose un tiro. Y muchos jóvenes de esa época que se sentían apenados por los mismos motivos que Werther decidieron suicidarse de la misma manera que él: se vistieron igual, se sentaron en un escritorio, abrieron un libro y se dispararon, y no era más que un libro … para que luego digan que la literatura no levanta pasiones.
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