DISTINTO |
|
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
Fue por los cerros de Úbeda en donde nació Joaquín Sabina, en el invierno de 1949, en plena posguerra española, en esa España aún tercermundista y carcomida por el hambre, el estraperlo y la mediocridad del fascismo en su versión más barata, el franquismo. Úbeda era y es una ciudad/pueblo ubicada en Jaén, una provincia de la Andalucía y sin mar. No nació Joaquín Sabina, sin embargo, entre aceituneros heroicos y altivos, inmortalizados por Miguel Hernández en el poema que musicalizara Paco Ibáñez, sino que su padre fue nada menos que un policía de la policía secreta, y su madre, una señora ama de casa. El devenir del destino o del azar haría que el hijo de aquel gris funcionario de trabajo tan desprestigiado se transformara en una superestrella del rock español , del pop en castellano, y un gurú de la progresía de España y de Latinoamérica. Un salto social y cultural que la peculiar segunda mitad del siglo veinte español pudo permitir a más de uno, En realidad, a miles. Ha circulado la anécdota de que, en plena agonía del franquismo, Joaquín era uno de los muchos jóvenes que dirigían o ponían cocktails molotov. Lo que tuvo de singular su situación fue el modo en que lo llevaron detenido: su propio padre fue a despertarlo a la cama matinal a decirle que debía llevarlo consigo. Ese policía, Jerónimo Martínez, además de fisgonear la vida de los estudiantes de izquierda como el que tenía en su casa, poseía otro hobby: la poesía. Leía y daba a leer a su hijo a Fray Luis de León, a Jorge Manrique. Y también escribía versos: Sabina recuerda que el policía secreta tenía mil tomos encuadernados con cientos de poesías o cualquier cosa. Cuando el ya casi treintañero Joaquín realizó el servicio militar en 1978, en Palma de Mallorca -a su regreso de su semiexilio en Londres, recibía las cartas de su padre con los datos personales en forma de versos rimados sobre el sobre. Y, por cierto, pasaba gran bochorno por ellos porque su superior, al repartir el correo, lo hacía leyendo el destinatario en voz alta. Las doce, lugar de encuentro y desencuentro. No habían dado las doce todavía, cada vez se acercaban más, ya el reloj marcaba las doce menos cinco, poco después daban las doce en punto y allí se econtraban, se unían, y se besaban, creyeron que para siempre, y sonaron doce campanadas. Poco tiempo después alguien ya se alejaba se separaba despacio, sigilosamente, cada vez más, y marcaban ya marcaba las seis en punto de la tarde. Era imposible estar más alejados uno de otro, ya no se miraban. Nadie sabía que se dirigían al lugar del encuentro. ¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la rutina cabe en estas palabras ______________ A veces hablabas del amor de un modo que demostraba que se trataba de una experiencia personal. Te veo sentada en el crepúsculo de una tarde de invierno, con los dedos extendidos ante el fuego, contemplándolo fijamente y diciendo: "No, Stephen; no empieza así; no es cuando dos personas se sienten atraídas, sino en el momento en que comprenden que son distintas, tan distintas que resulta terriblemente doloroso, casi insoportable. Es como el polo Norte y el polo Sur. Es imposible estar más alejados, pero al mismo tiempo no puede haber dos puntos más cercanos en la superficie terrestre, porque entre ambos existe un eje y todo gira a su alrededor Christopher Isherwood |